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¿Dónde están los niños?

Este título puede parecer impactante a primera vista, pero ¿acaso no lo es más que los arqueólogos hayamos ignorado esta pregunta? Es decir, creemos poder decir –sin que por ello nadie se sienta ofendido- que durante generaciones hemos obviado a un sector de población no sólo numeroso, sino a un grupo en el que radica la supervivencia del grupo y de su cultura misma, ya que es en el mantenimiento y educación de la infancia en dónde debemos buscar la continuidad o el cambio social.

La respuesta a nuestra pregunta inicial hemos creído encontrarla –una vez más- en dos hechos: Primero, un sesgo propio de la construcción histórica. O dicho de otra forma, la historia ha sido escrita por y para hombres, estudiando tan sólo la esfera pública considerada como superior y resueltamente irreconciliable con la privada o doméstica, haciendo excepciones en lo que atañe a biografías y los relatos de cortes. Segundo, la trasposición de valores, e incluso sentimientos, actuales-occidentales a las sociedades del pasado.

En este sentido, no podemos ver a la infancia como seres pasivos. La infancia es un periodo de tiempo -que llega hasta la pubertad- en la cual el niño o la niña aprenden cómo relacionarse con el mundo que les rodea. Por lo tanto,  desempeñan un rol –cualquiera que éste sea- en la vida familiar, fundamentalmente primero como seres dependientes y después como actores –principales o secundarios- de las diversas actividades de producción y mantenimiento de la estructura familiar, actividades que aprenden en principio mediante la emulación por el juego y que luego pasan progresivamente a desempeñar de forma activa, para irse integrando en el mundo de los adultos, en general a edades mucho más tempranas a lo que hoy en día estamos acostumbrados.

Éste es un proceso completamente diferente según las sociedades, pero lo que sí parece común es que los niños, una vez pasado un período de reconocimiento y/o aceptación –diferente según las sociedades- van logrando un acercamiento al mundo de los adultos por diversos motivos: como méritos propios –de la índole que sean, como por ejemplo el afecto que despiertan en su núcleo o incluso el haber vivido el tiempo suficiente- , religiosos –los infantes alcanzan una conciliación con los adultos tras la realización de los llamados ritos de paso, ejemplos de estos son el bautismo mediante el que se exorciza el diablo interior u otras ceremonias religiosas como el bar mitzva judío por el cual los niños pasan a ser hombres-, económicos –necesidad de integrarlos en las redes de trabajo para la supervivencia de la familia,  bien sea dentro de la misma o bien fuera como servidores de otras o incluso integrarlos en la vida monacal-, se trata este de un condicionante que se mantiene en la actualidad, y también familiares –en las que la posición social de la familia se reflejaría en el infante-. En definitiva, la posición adquirida por el niño o la niña tanto dentro de la familia como de su comunidad quedará plasmada a la hora del enterramiento.

Asimismo, a pesar de las citadas generalizaciones, no hay que pasar por alto que la situación de la infancia no es universal, sino que depende de factores culturales, sociales, familiares y, por último, individuales.

A la invisibilización de la infancia se la comenzó a poner fin en la década de los cincuenta, primero desde la psicología con Sigmund Freud y la importancia dada a las experiencias vividas durante la infancia, y desde la antropología cultural después, con Margaret Mead y su Childhood in Contemporary Cultures (1955) a la cabeza. Sembrando –prácticamente en paralelo al concepto del género- la noción de infancia como construcción cultural, con base biológica, con roles, actividades y conductas propias.

En cuanto a la arqueología, hasta los años 80 apenas se recogen escasas referencias, teóricas o metodológicas, en relación a la infancia. El estudio empezó centrándose fundamentalmente en época históricas en relación a la producción de material arqueológico como los objetos de pequeño tamaño o los juguetes en contextos históricos con un importante apoyo de los estudios experimentales y etnoarqueológicos. De esta forma, los arqueólogos empezamos a reconsiderar el tópico de la infancia como imperceptible para el registro arqueológico.

Llegados a este punto ya sabemos la importancia de visualizar la infancia a través de la Arqueología, pero ¿cómo era ser niño en el pasado? ¿Cómo se relacionaba con ellos su entorno y viceversa?  ¿Qué actividades desempeñaban? ¿Hasta qué edad se consideraba una persona perteneciente a este grupo de edad? y finalmente ¿Cómo se plasmaba todo esto a la hora de la muerte? El registro arqueológico tan sólo nos responde a aquello que le preguntamos.

 

 

 

Texto extraído de GRACÍ, A. y PARRA, J. (2012): “La infancia en época visigoda. Su reflejo en las necrópolis madrileñas”, La arqueología funeraria desde una perspectiva de género: 385-410, Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, ISBN: 978-84-8344-218-0


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