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La infancia en época de El Quijote

El concepto que tenía la gente del siglo XVII sobre la Infancia es completamente diferente al actual. Contamos con poca información sobre los niños, lo que hace que la infancia en esos años sea olvidada por los eruditos y estudiosos para centrarse en lo que ellos consideraban como”asuntos de mayor relevancia”.

Os voy a contar un cuento, uno de esos cuentos que nunca pasaron pero en cuyo protagonista, un tal Esteban, podemos vislumbrar la forma de vida de los niños y niñas en nuestro llamado Siglo de Oro, tras cuya opulencia se escondía una vida cotidiana sumida en las sombras de la pobreza, anclada en tradiciones religiosas y en la ignorancia. Pues aunque en Europa se observan en este siglo algunos avances en cuanto a los derechos de los niños, en España sólo observamos una preocupación por los huérfanos y niños desamparados, al tiempo que empieza a extenderse la educación infantil gracias a las Órdenes Religiosas, pero este avance sólo afectó a las clases acomodadas.

Corría el año 1615, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, cuando nació Esteban. Un bebe de piel blanca y  débil salud por su prematuro nacimiento. Sus preocupados  padres, Alfonso y María, consultaron al párroco, quien les dijo que el niño padecía un inmenso mal, y que debían de protegerlo.  Enseguida compraron todo tipo de amuletos y se los pusieron alrededor del cuello, junto al pecho, por debajo de su vestido cerrado con toscos botones. El pobre niño  iría el resto de sus días engalanado de recordatorios de vírgenes, santos, patas de conejos e higas.
Esteban fue creciendo en un momento económico difícil para su aldea ya que la sequía había diezmado a la población: enfermedades,  escasez de cosechas, subida de precios de los alimentos, la disminución de pastos, la muerte del ganado y el hambre -mucha hambre- eran algunas de las caras de este mal. El pequeño deseaba hacerse grande y fuerte para poder llevar un jornal a su hogar, bien fuera trabajando en algún oficio o como criado en la casa de alguna familia pudiente.
En la festividad de Santiago, como cada año,  Alfonso acudió a Madrid por orden de su patrón a la venta del grano recolectado. Ayudado por su primogénito se pudieron en marcha al alba.
Cuando  avanzaban por las calles de la villa en dirección a la bulliciosa plaza Mayor, lugar de celebración del mercado, Esteban oyó unas voces infantiles. Atraído, como por un canto de sirena, se separó de su padre unos metros. Junto al Convento de San Francisco, en una pequeña habitación, vio varios niños sentados escuchando atentamente. Volvió agitado junto a su padre, al cual interrogó sobre lo que acaba de ver. Éste le contó que se trataba de una escuela, pero que era imposible que él pudiera asistir a una. Deseó ser uno de esos niños pero, por el contrario, sabía que el día  de ponerse a trabajar llegaría pronto, puesto que ya tenía siete años.
El día de comenzar a trabajar llegó más pronto de lo esperado. Sus padres le llamaron junto al hogar y mientras comían unas sopas calientes le dijeron que al día siguiente empezaría a trabajar. Su madre, a pesar de tratar de ocultarlo, rápidamente se puso a llorar, ya que para su hijo acababa la infancia. Pasaba a ser un adulto. Esteban pensó en que se terminaban las salidas con los amigos, sus juegos, sus fantasías, pero sólo se prometió una cosa: que sería un chico feliz y que algún día aprendería a leer y escribir.
No todas las noticias fueron malas ese día, su padre había conseguido que Esteban sirviera en una casa acomodada de la villa de Madrid, con lo que podría volver a su casa con frecuencia.
Al día siguiente llegó muy de mañana a la casona donde iba a trabajar. Frente a las paredes de adobe y piedra se sintió imponente y un poco perdido: ¿cómo sería su vida a partir de entonces? Tras presentarse ante su supervisor, un hombre de avanzada edad que a Esteban le pareció el hombre más viejo del mundo aunque no debía de superar la cuarentena, le encargaron del cuidado de los animales de la casa. Esteban sonrió modestamente pues le encantaban los animales, gesto que no paso desapercibido por parte de su nuevo jefe, quien con un golpe en la cabeza le dijo que era un chico afortunado. Esteban no pensaba lo mismo, estaba contento porque su situación era buena pero para él, afortunados eran aquellos que podían ir a la escuela a aprender.
Durante aquellas jornadas de duro trabajo Esteban conoció al hijo pequeño de los dueños de la casa, Rodrigo, quien, como él, tenía siete años de edad, aunque le sacaba una buena cabeza de estatura. A pesar de que no era habitual ver al joven rondando por el lugar de trabajo de Esteban eventualmente se encontraban. Era una tarde de otoño cuando comenzaron su amistad. Aquel día llevaron a un pequeño potro como regalo del día de nacimiento de Rodrigo, quien dichoso bajo corriendo a las cuadras. Allí encontró a Esteban trabajando. Estuvieron hablando sobre el potro y sus cuidados, así como un posible nombre para el mismo: Lucerito por la manchita blanca que tenía sobre la frente, Flecha por lo rápido que era o Castaño por su color, fueron algunos de los que se barajaron. Finalmente, Rodrigo dio un respingo: ¡Se llamará Rocinante! Esteban no dijo nada, pero le pareció el nombre más raro del mundo.
A partir de aquel día las visitas de Rodrigo se hicieron más frecuentes y con el tiempo se convirtieron en buenos amigos. Rodrigo le contaba a Esteban las cosas que aprendía en la escuela, mientras que éste trabajaba. También le contaba los cuentos y leyendas que su nodriza le narraba por las noches, e incluso las aventuras de un hombre llamado Don Quijote, así Esteban aprendió que Rocinante era el nombre de la montura de ese extraño personaje. Él disfrutaba oyendo todas esas historias, y siempre recordaba aquella promesa de que algún día sabría leer y escribir. De tal forma que un día, cuando Rodrigo seguía contándole las batallas de Don Quijote con unos cuantos gigantes, Esteban le interrumpió y le pidió por favor que le enseñara a leer y escribir.
Rodrigo aceptó sin pensarlo dos veces. Al día siguiente empezarían las lecciones. Esteban exultante de alegría termino sus tareas con rapidez para poder contárselo a sus padres, que alegres abrazaron a su hijo, puesto que era una gran noticia, que un joven de la familia pobre pudiera aprender cosas que estaban reservadas a unos pocos.
Relato escrito por Javier Parra Camacho


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